lunes, 13 de julio de 2020

Marta (Parte II)

Marta apenas se tomó unos minutos de descanso mientras nos acariciábamos suavemente después del orgasmo que le había provocado. Yo estuve cachonda todo el rato, desde el bar, hasta el momento en el que ella se había corrido. Y seguía cachonda en ese instante, a pesar de que los intensos besos hubieran pasado a ser suaves caricias durante los últimos minutos. Yo estaba expectante a ver qué pasaba, pero no quería mostrarme impaciente. De hecho pensé que podía ser que ella no se lanzara y nuestra pasión terminara ahí. No sabía como funcionaba el sexo entre mujeres, y todos sabemos que hay encuentros sexuales en los que no siempre se recibe lo que uno da.

Pero no tardó Marta en alargar una de las caricias que me daba en el pelo, para recorrer el largo mechón que me pasaba por el cuello y acababa en mi pecho, recorrió mis tetas con la mano, me estiró un poquito los pezones, agarraba mis pechos con sus manos, a veces suavemente, otras veces apretándolas fuerte. Yo no le decía nada, gemía cuando ella intensificaba sus movimientos y solamente la miraba con cara de aprobación, con esa cara de: me rindo, me dejo en tus manos, cuídame porque ahora estoy bajo tu custodia

Se levantó y dijo: Ahora vuelvo. Yo asentí, se fue unos segundos de la habitación y volvió con un juguete, una bala vibradora que tenía un pequeño mando con el que controlar la intensidad. Pero de momento lo dejó reservado en la mesita de noche.  Marta volvió a acercarse a mí, yo me había sentado con la espalda apoyada en la pared. 

No hizo el delicado recorrido que había hecho yo con un camino de besos desde sus labios de la cara hasta sus labios vaginales, pasando por su cuello, sus pechos, su torso, sus ingles... Marta directamente me bajó las bragas y me metió dos dedos. Yo estaba lubricada, así que no le costó gran trabajo -solo el trabajo normal de abrirse paso en una vagina estrechita que recién ha cumplido 18 años-. Luego empezaron los movimientos hacia arriba y hacia abajo. Con la otra mano me agarraba las tetas, cogía las dos a la vez con la mano izquierda y se le salían por los lados, mientras su mano diestra iba abriendo cada vez más mi vagina, primero acelerando el movimiento de los dedos y luego introduciendo un tercer dedo. A este último le costó un poco más entrar, pero valió la pena. 

Cuando Marta supo que estaba cerca del orgasmo -no se cómo, pero lo supo- me soltó las tetas, se lamió el dedo índice y el corazón, y sin dejar de penetrarme con sus tres dedos empezó a frotar mi clítoris, primero con suavidad, solo por los lados sin tocarlo, y luego buscando el contacto directo con él, intensificando los movimientos, mientras los dedos dentro de mi vagina seguían su trabajo. Ya estaba llegando al orgasmo y le dije: me corro. Entonces Marta se incorporó un poco hacia mí para lamer y mordisquear mis tetas y pezones, me dio un cosquilleo desde los pezones hasta el bajo vientre, un cosquilleo que se extendió hasta la punta de los pies, hasta las uñas de las manos, hasta el cabello de mi nuca, y entonces, estallé: grité de placer mientras mis piernas temblaban. Cuando por fin dejé de temblar me eché a reír, mientras Marta estaba sacando sus dedos empapados de dentro de mí, me salió una tímida carcajada que no pude evitar, ella me miró y se rió también.

Pensé que esa había sido la mejor experiencia sexual que había tenido hasta el momento. También pensé que Marta sabía lo que hacía, se notaba que tenía experiencia, y seguro que ella había notado que yo era una novata, ese pensamiento me dio un poco de vergüenza, creo que me puse roja. Pero Marta no se dio cuenta de mi rubor, porque mientras yo perdía el tiempo pensando, ella había empezado a tocarse nuevamente, cuando la miré estaba acariciando suavemente su vulva, palpando los labios interiores, tenía la boca entreabierta y los ojos cerrados. Me acerqué a ella y la besé, entonces ella, con su mano libre, tocó también mi vulva, muy mojada y todavía hipersensible.

Cogió la bala vibradora y me la metió en la vagina, ya ciertamente dilatada después del camino que habían abierto esos tres deditos dentro de mí y ese orgasmo que había tenido minutos antes. Marta cogió el mando del vibrador y sin encenderlo, me miró con una expresión que era mitad de deseo, mitad de maldad y entera de belleza. Solo su cara ya me hizo estremecer. Siguió estimulándose mientras encendía el juguete y yo empezaba a notar una tímidas y deliciosas vibraciones dentro de mí. Yo seguía sentada apoyada en la pared, Marta se había puesto enfrente de mí y ahora se apartó un poco para poder inclinarse y darme placer con su lengua, sus labios, toda su boca. Madre mía, Marta era un profesional comiendo coños, conocía todos los recovecos donde pasar la lengua, jugaba con la vulva, la vagina, recorría los alrededores del clítoris. Era delicada, sin ser demasiado suave, y a su vez fuerte sin ser brusca, mientras me deleitaba con sus trucos, ella no dejaba de estimularse, se tocaba y se metía los dedos: las dos gemíamos. 

Pensé que me iba a correr nuevamente tal como estábamos, pero Marta se incorporó de nuevo, se sentó cerca de mí y me susurró: -ven-. Yo me separé de la pared para abrazarla, entonces ella pasó sus piernas por encima de las mías y me presionó contra su cuerpo, se juntaron nuestras bocas, nuestras tetas y nuestras vaginas. Pensé que estaba en el cielo. 

No me había percatado que en ese cambio de postura, Marta había aprovechado para coger el mando de la bala, y empezó a subir la intensidad mientras las dos nos frotábamos al unísono. Nuestras tetas botaban haciendo que se rozaran los pezones, nuestros clítoris parecían ser uno solo, y de vez en cuando también nuestras lenguas se buscaban y se besaban. Yo dejé de contar las velocidades que tenía el juguete, en la cuarta me perdí. Sentía el cuerpo de Marta enfrente del mío, como si estuviéramos prácticamente fusionadas. Semejante Diosa rozando todo mi ser, y dentro de mí aquellas vibraciones cada vez más intensas. De nuevo debo decir que me hubiera encantado ver la escena desde fuera, ver rebotar nuestras tetas, observar nuestras caras de placer, escuchar nuestros gemidos coordinados. Todos nuestros fluidos estaban unidos: las gotas de sudor, la saliva y nuestro elixir sagrado: todo en un solo cáliz.

Fue como la pieza maestra de una orquesta, cada vez más intensidad, más y más. Todos los instrumentos coordinados. Las dos gemíamos, casi gritábamos, no hizo falta ninguna palabra: nos corrimos, a la vez, unificándonos del todo. 

Las sábanas estaban empapadas, nosotras también y el sudor hacía brillar nuestros cuellos y clavículas. Nos quedamos quietas durante unos segundos, jadeando, volviendo paulatinamente al mundo de los mortales. Después Marta me apartó el cabello de la cara y me lo colocó detrás de la oreja, yo le sonreí y después le besé la mano. -¿Dónde está el baño?-, le pregunté. -Saliendo a la derecha, lo verás enseguida-. Aproveché para limpiarme y mear, a pesar de esa sensación tan extraña que da ir al baño después de un orgasmo de esa categoría.

Cuando volví Marta se había vestido con un tangita limpio y una camiseta ancha. A Marta todo le quedaba sexy. Nos tumbamos en la cama de lado mirándonos y acariciándonos el pelo, la cara, los hombros mientra hablábamos banalidades sobre qué estudiábamos y de dónde éramos. La conversación era solo para matar el tiempo, para pasar el rato, para volver a ser normales después de habernos auto-proclamado diosas de todo el universo. Finalmente le pregunté: -¿te importa que fume?-. -Mientras me invites a mí también...-. Saqué la cajetilla de Luky y por fin nos fumamos aquel cigarrillo que le había ofrecido a Marta en el bar. 

Una vez acabado el cigarrillo me levanté y me vestí, ella, nunca supe si por cordialidad o deseo, me invitó a dormir, pero le dije que no. Faltaban tres horas para mi clase de teoría del derecho y en primero de carrera no faltaba nunca a una buena clase, por borracha o cansada que estuviera. Así que decliné su oferta, le di un beso en la boca, otro en la comisura de los labios y otro en la mano derecha y me fui mientras la veía cerrar los ojos, entrando en el mundo onírico. Yo no necesitaba dormir, me había pasado la noche soñando despierta.

jueves, 2 de julio de 2020

Espejo, espejito


   Me desperté muy maternal, sintiendo un cálido cariño que, en ese momento, podría haber manifestado por cualquier criatura viva. La más cercana a mí era él, que estaba durmiendo plácidamente, con el pecho descubierto a causa de los movimientos que ocasionaron los sueños durante la noche.
Yo me había despertado cariñosa y maternal, sí, pero también cachonda. Así que disfruté del fuerte torso que se asomaba por debajo de la sábana y de esa cara, que mantenía su expresión seria e impasible, a pesar de la cómoda somnolencia que la rodeaba. Yo también le rodeé suavemente con mi brazo, rozando con la mano izquierda sus preciosos pectorales, mientras la derecha daba toquecitos leves a mi clítoris por encima de las braguitas. 

Él seguía durmiendo. Podría haber seguido acariciándolo, besar y lamer su cuello, sentir como se endurecían sus pezones en mi boca y seguir bajando hasta que se despertara con la polla bien dura y con ganas de penetrarme profundamente. Pero le vi tan dormido, sabiendo que se había acostado tarde, me pudo la compasión al egoísmo y decidí no obligarlo a saciar mis ganas de un orgasmo matutino.

Me levanté de la cama, lo más silenciosamente que me permitió el calentón y fui al baño. Me miré de pie frente al espejo, llevaba una camiseta oversize de color rojo que usaba para dormir y unas braguitas blancas. A pesar de lo ancho de la camiseta se me marcaban los pezones perfectamente a través de la tela de algodón y me los toqué para sentir ese cosquilleo que producen los pezones al ser correctamente estimulados. Busqué mis pechos por debajo de la camiseta, los agarré. Miraba mi reflejo disfrutando de mi propia sensualidad, fijé la mirada en la boca, abierta, casi con la lengua afuera, deseando placer, a punto de gemir. 

Sin apenas darme cuenta, la mano que estaba libre había vuelto a buscar ese roce por encima de la ropa interior, esta vez acariciando mis labios vaginales de abajo hacia arriba, miré el espejo y vi cómo se me marcaban completamente. Levanté la pierna, apoyándola en la tapa del váter, para verlos con mayor detenimiento, desde ahí pude observar también lo mojada que estaba: mi flujo había traspasado la tela, manchando las braguitas.

Esta postura era genial, con la pierna en alto podía abrirme y estimularme mejor, subí por los labios y volví a palpar, todavía con suavidad, el clítoris. Me estaba dando calor así que dejé de tocarme unos segundos para quitarme la camiseta rápidamente, tirándola al suelo, del revés, sin formalismos. Al verme nuevamente casi me sorprenden mis propios senos. Dos tetas firmes, redondas y juguetonas se me aparecieron en el espejo, tuve que agarrarlas con las dos manos y estrujarlas un poco antes de volver al clítoris, que era mi objetivo en ese momento. Lo estimulaba con la mano derecha, dando círculos y alternando con pequeños golpecitos o pellizcos. 

Con la otra mano aprovechaba para acariciarme los pezones, el cuello -por donde caían las gotas de sudor- o simplemente echarme el pelo hacia atrás, que también empezaba a chorrear. Hasta que hubo un momento en que esta mano fue también necesaria para algo más importante. Mientras seguía tocándome el clítoris, cada vez con mayor presión y haciendo los círculos más pequeños y precisos, el dedo corazón y anular de la mano izquierda se dedicaron a apartar las braguitas y los labios, hasta encontrar mi vagina, ya muy lubricada, y penetrarla con movimientos firmes hacia arriba y hacia abajo y después hacia delante y hacia atrás. Fui aumentando todos movimientos, tanto los roces en el clítoris como las penetraciones de mis dedos, mientras miraba el reflejo de mis tetas, que botaban acompasadas entre el movimiento de mis dedos y de mis caderas. Los gemidos, que ya no podía controlar, aportaban la melodía al ritmo que marcaba mi cuerpo

En el último instante ya no me miré más, cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, sentí como el cabello me rozaba la parte baja de la espalda. Luego solo percibí las palpitaciones de mi vagina: -me corro- me susurré a mí misma entre gemidos. Y me corrí sintiendo una ola de placer desde el clítoris que bajaba hacía la pierna que se apoyaba en el suelo haciéndome tambalear.

Acabé empapada: mi coño de fluidos, mis largos cabellos y espalda, de sudor. Me quité, ahora sí, las bragas, y entré a la ducha. Cuando me enjuagaba, el roce del agua con mi vulva y mi clítoris, todavía hipersensibles, me provocó una especie de placer incómodo, pero continué mi ducha tranquilamente, ya desahogada. Al salir, limpita y purificada, aproveché para hidratar mis piernas dándoles un suave masaje con leche corporal.

Me vestí con un tanga y otra camiseta larga, esta vez de color gris, y fui discretamente a la cocina a preparar la cafetera. Justo cuando encendí el fuego, escuché como él se levantaba de la cama, me sonreí a mí misma y me alegré de no haberle despertado.


Este relato inspiró mi vídeo más sensual... 
puedes encontrarlo en https://Distinct.amateur.tv/videos

viernes, 26 de junio de 2020

Marta (Parte I)

Ella se llamaba Marta, recuerdo su nombre solamente porque compartimos inicial, sin embargo hay algo que recuerdo con mucha más claridad: sus pechos. No eran exageradamente grandes y ella tampoco los llevaba apretados en esos sujetadores que tienen más espuma que tela. De hecho, las tetas de Marta podían pasar desapercibidas a primera vista, sin embargo, debajo de esa camiseta de chico, se escondían unos pechos de proporciones perfectas, no demasiado grandes, pero si con una exquisita forma redonda. Los pezones eran grandes y rosados, colocados simétricamente en el centro de cada uno de sus maravillosos pechos y el izquierdo llevaba un brillante piercing que exclamaba: ¡juega conmigo!

Desde esa noche, ese tipo de tetas han sido casi un fetiche para mí: redondas, con los pezones grandes y rosados y a ser posible con un piercing. Antes de aquello no tenía preferencia por ningún tipo de pechos en concreto. Probablemente se deba a que Marta fue la primera chica con la que me acosté.

Era un jueves, a finales de febrero del 2013. Recuerdo que era sobre esas fechas porque estaba celebrando mi 18 cumpleaños por tercera vez, aunque en realidad, era una excusa como otra cualquiera para salir un jueves. Salí con los y las de siempre, fuimos a beber al antro más barato de la ciudad, la oferta de los jueves era a 3€ la jarra de cerveza y chupito de la casa -nunca llegué a saber cual era ese alcohol, pero nos ponía cieguísimos-. 

Llegamos a las 11 de la noche y Marta ya estaba ahí, con otras dos chicas, sentadas al final de la barra, aunque en ese momento no reparé en ella. Nosotros pasamos por la barra y fuimos a echarnos unos futbolines. Así pasamos un par de horas, entre cervezas, futbolines y cigarros. Aquella noche mi amigo Sebas estuvo toda la noche intentando ligarme, pero pasé de él, no me ponía. Sin embargo Marta...

Marta tenía 22 años y en ese momento me parecía muy mayor. Llevaba pintas de chica mala, camiseta de AC/DC con las mangas recortadas, minifalda negra, medias de rejilla rotas y botas de punta de metal, el pelo peinado hacia atrás y una sombra de ojos oscura que hacía resaltar, todavía más, sus ojos azules. Era más o menos igual de alta que yo, aunque en ese momento habría dicho que me sacaba como una cabeza, seguramente fuera por su actitud. Marta era consciente de su belleza y el rollazo que le daba ese estilo que tenía y su pose de indiferencia. Marta podría haberse llevado a cualquier persona del garito y de todos los de los alrededores, pero le gusté yo. Supongo que fue esa mezcla de inocencia, descaro y picardía que desprendemos las chicas cuando acabamos de cumplir 18.

Yo llevaba mi larga melena suelta y un vestido de flores, ceñidito hasta la cintura y luego con una faldita de volantes monísima. No demasiado corta, pero yo sabía que cuando daba algún giro al bailar se me subía bastante y mostraba los muslos casi al completo.

Fui al baño, estaba ella esperando para entrar y me miró. No fue una mirada fogosa, más bien me miró casi con desinterés. Sin embargo, aquella mirada fría, me provocó un intenso calor. Yo entendí perfectamente aquellos ojos de Marta, para nada decían: no me interesas. En realidad estaban gritando: te reto. Yo le devolví la mirada, la mía sí fue caliente: agaché el mentón y alcé los ojos. Fue totalmente involuntario, pero le estaba respondiendo: acepto el reto, vamos a jugar.

Después de eso, volví con mi grupo en medio del garito, pero mi atención estaba al final de la barra, en ese rincón oscuro. Marta y yo comenzamos un juego de miradas, de posturas, de insinuaciones corporales; ella se colocaba el pelo hacia atrás, yo jugaba con mis rizos, ella se lamía el labio, yo sonreía mordiéndome el dedo. Incuso cuando estaba bailando con Sebas, estaba en realidad bailando para ella. Especialmente cuando hacía volar la falda de mi vestido, me giraba y me aseguraba de que ella me estuviera mirando. 

Nunca hubiera pensado que fuera tan divertido tontear con una mujer, nunca antes había disfrutado de aquella sensualidad femenina. Algunas mujeres me habían gustado físicamente, pero simplemente disfrutaba de mirarlas y observar sus cuerpos y sus curvas. Con Marta fue diferente, me estaba poniendo realmente cachonda. Cuando el juego de miradas e insinuaciones ya era absolutamente innegable, me acerqué a ella, saqué la cajetilla de Lucky Strike y le dije: ¿fumas? Ella contestó: sí.

Podría haberme ido del bar directamente sin hacer ruido y haber sido más discreta con mis amigos, pero ¿quién quiere ser discreto a los dieciocho años? Cogí a Marta de la mano, me paré delante de mis amigos y la besé. Fue un beso largo, yo le puse las manos alrededor del cuello, le acaricié dulcemente el pelo y la oreja derecha -en la que también tenía varios pendientes- mientras nos besábamos. Ella me agarró firmemente de la cintura, en ese instante pude sentir como se humedecían mis bragas. Ella fue quien sacó la lengua primero, yo solamente la seguí. No se cuanto duró ese beso, pero todavía lo saboreo.

Me giré hacia mis amigos para despedirme con la mirada y ahorrar tiempo en palabras. No pude evitar sonreír al ver que Sebas estaba empalmado.

Al final Marta y yo no nos fumamos aquél cigarro hasta mucho rato después, ella paró un taxi y fuimos directamente a su casa. Apostaría 50€ a que el taxista estaba más empalmado que Sebas cuando nos bajamos, pero eso no lo pude ver, en ese momento ya solo veía a Marta.

Después del primero beso no dejamos de besarnos prácticamente en ningún momento, en la calle, en el taxi, en el portal... Cuando llegamos al rellano Marta me puso contra la puerta, puso su mano en mi vientre y la fue bajando despacio. Yo sabía cual era el destino de esa mano y en esa época era un poco impaciente, así que me cogí las faldas del vestido y las levanté para acelerar el trayecto, Marta captó la señal y posó sus dedos encima de mis bragas con la presión exacta y dijo: ¡Joder tía, qué mojada estás! y se rió. Yo contesté casi gimiendo: estoy muy cachonda. 

Entramos en el piso, aproveché que tenía las manos levantando las faldas para acabar de quitarme el  vestido mientra seguía a Marta de camino a la cama, en esa época nunca usaba sujetador así que me quedé en bragas. Ella miraba mi cuerpo mientras se quitaba la camiseta y la minifalda, se quedó con un precioso conjunto negro y sus medias de rejilla, en ese momento me pareció una modelo pin-up. 

Yo me quedé de pie, mirándola. Ella, sin ninguna prisa y con mucha sensualidad, se quitó el sujetador. Primero desabrochó los corchetes, se quitó los tirantes y simplemente lo dejó caer mientras me miraba, consciente de todo el poder que tenía en ese momento. Ahí fue cuando vi esas preciosas tetas, ese pincing en su pezón izquierdo. No pude evitar acercarme y chuparlo, me encantó ver como se ponían duros esos pezones rosaditos y jugueteé un rato con ellos mientras Marta me acariciaba la cabeza.

Seguí besando su cuerpo bajando por el torso, le quité las medias y le toqué los labios suavemente, los tenía hinchaditos y la besé por encima del tanga, jugueteé con mis dedos por su rajita hasta que sentí la humedad. En ese momento le quité el tanga y empecé a juguetear con mi lengua, busqué el clitoris, lo pellizqué con mis labios, con delicadeza y jugué con mi lengua mientras me deleitaba con esos gemidos gatunos que hacía ella. Hasta que Marta empezó a mover las caderas hacia delante y hacia atrás, pidiéndome más, así que penetré esa vagina mojada con dos de mis dedos -en corazón y el anular- mientras seguía jugando con mi lengua y mis labios, pellizcando sus labios vaginales, lamiendo su clítoris, saboreando su vulva. 

Pensé que era mi momento de devolvérsela y me paré durante un segundo para decirle en tono juguetón: ¡Joder tía, qué mojada estás! Ella se rió entre gemidos y yo continué. Mientras tanto, con mi otra mano busqué esos pezones que tanto me gustaban. Agarré sus pechos, pellizqué sus pezones y jugué con su piercing. Los gemidos eran cada vez más intensos y Marta me iba dando indicaciones sobre la intensidad que quería en cada momento -no se si notó que yo era novata o si lo hacía siempre-. A menudo no hacían falta indicaciones directas, simplemente me acariciaba la cabeza dándome su aprobación y en los momentos más intensos me agarraba fuerte del pelo, entonces yo presionaba más su clítoris con mi lengua, aceleraba el movimiento de mis dedos y, sobretodo, le agarraba más fuerte los pechos. La presión con la que ella me tiraba del pelo era la misma con la que yo tiraba de sus pezones o estrujaba sus tetas entre mis dedos, y parecía que le encantaba jugar con eso, a mí desde luego me encantaba que lo hiciera.

Antes de llegar a su casa, en un momento de inseguridad pensé: ¿y si no sé cuando se corre? Pero cuando llegó el momento, no me cupo ninguna duda, fue una experiencia maravillosa. En uno de esos jugueteos, estaba yo disfrutando del sabor de Marta, aprovechando todos los rincones de su cuerpo, de sus pechos, de su coño. Estaba presionando mis labios en los de su vulva mientras la penetraba con tres dedos, sintiéndola por dentro y acelerando cada vez más todos los movimientos. De repente sus gemidos empezaron a intensificarse, pude sentir como palpitaba todo su cuerpo, especialmente su vagina, pude ver como arqueaba la espalda y se rendía al placer, dejando caer la cabeza hacia detrás. Desearía poder haber visto esa escena desde fuera, poder ver la cara que puso Marta en ese momento. Sentí más y más humedad en mis labios durante unos segundos, más y más palpitaciones en mis dedos, y luego, cesó. 

Nos quedamos un instante las dos completamente quietas, luego levantó la cabeza y me miró con mucha complicidad y con una pizca de vergüenza -o ese sentimiento muy parecido a la vergüenza que a veces sentimos las mujeres después de corrernos-  y yo me incorporé para besarla. y acariciarle el pelo. En ese momento pensé que aquella experiencia había sido la mejor de mi vida, pero no había terminado todavía, ahora era mi turno...

viernes, 15 de mayo de 2020

¿Me sujetas?



Ayer fue un día triste, gris y -para estar a finales de mayo- frío.

Barcelona me acompañó en mi tristeza, también se puso gris y lluviosa, apenas salí de casa. Eso sí: desconecté. Cual televisor que es directamente desenchufado de la pared, cual móvil que se queda sin batería abruptamente, cual electrodoméstico, que cansado de sus tareas diarias, se apaga para siempre.

Me tiré en el sofá con mi libro, me dejé llevar por mis melodías favoritas y aproveché para hornear un bizcocho de nueces y plátano. Esta parte fue mi favorita, sobretodo esta mañana cuando me he acordado de él volviendo de correr.

Todos tenemos días así, ¿no? Días en los que solo queremos una caricia, unas manos que nos sujeten. Días en los que nos mojamos por fuera más que por dentro. Esos días también son necesarios.

En general, pero en especial en días como el de ayer, me encantan las manos masculinas. Es de las cosas en las que más me fijo cuando conozco un hombre, me gustan las manos firmes. Que me sujeten y me contengan con fuerza para no deshacerme en los días malos y que me impulsen en los mejores días.

Me gustan las manos decididas sobre mi cintura que puedan guiarme en el baile de la vida y que sepan seguir mis pasos.

¿Me sujetas?

miércoles, 13 de mayo de 2020

Presentación

Bienvenidos a todos a mi blog, a los que me conocéis, a los que no. A los usuales, a los nuevos. A los directos, a los despistados...

Algunos ya me conoceréis, soy una chica de 25 años que vive en Barcelona -aunque soy un poco de todos lados, la verdad-. Ahora mismo estoy acabando mi carrera universitaria, me encanta estudiar. Bueno, en realidad me gusta aprender, en general, en cualquier ámbito, creo que de eso se trata la vida, de aprender siempre algo nuevo, en la universidad, en la cocina, en la cama...

Soy una chica del todo normal... ¿o no? Digamos que tengo mi lado peculiar, ¿y quién no? Me encanta que la gente pueda descubrir ese lado de mí y me deje también descubrir el suyo. Disfruto de las interacciones sinceras, las buenas conversaciones, que me hagan cosquillas en el alma...

Soy muy responsable y seria... pero ¿la verdad? también tengo mi lado travieso, me gusta jugar, disfrutar y hacer disfrutar. También me gusta comer fruta con chocolate, salir a correr, ver una buena película, pasear por la playa y muchas más cosas que ya te iré contando... estáte atento.